viernes, 14 de noviembre de 2025

Hola, Blogger

 Esta no es la entrada que tengo planeada. Esa sigue en un borrador, del que espero sacarla pronto. 

Pero mientras la redactaba, tuve la curiosidad de entrar a los blogs de otros blogueros que salía frecuentar. ¡Y aún escriben!¡Y casi a diario! Recuerdo cuando yo también lo hacía.

Hace poco tiempo retomé el habito de escribir en un diario, para documentar mi vida más que nada. Pero no es lo mismo que un blog. El diario es para mi, el blog es para que me lean.

También estuve dándole vueltas a ese otro asunto sobre la escritura... ¿Por qué escribimos? Mi respuesta corta antes hubiese sido "Para sangrar". Y esta bien, a veces uno sangra cuando escribe. Pero también sonríe, piensa, recuerda, atesora, documentar, narrar.

Extraño escribir en mi blog, compartir con otros escritores comentarios, consejos, algún halago por lo escrito. Siempre vuelvo a esta comunidad y la encuentro casi intacta, cada vez. Todos, de alguna manera, siguen aquí. Y agradezco por eso.



lunes, 14 de octubre de 2024

Oda a mi ternura

 A veces me veo a mi misma en el maligno espejo que tenemos todos en nuestra mente. Me encuentro hosca, tímida, enojada. Tal vez haya en mi ojos algo de amor y calidez, pero debería acercarme para encontrarlo. De modo que tengo que hacer algo para encontrarlo. ¿encontrar que, ustedes dirán? La ternura. En algún lugar ha de estar. 

Tal vez la encuentre viajando en el tiempo. Y la encuentro, en los recuerdos mas inmediatos, en un chico de ojos verdes que me lleva de la mano por plazas y jardines y series y bandas y películas y por Rosario. Tanto que agradecer, tanto que sanar. 

¿Una taza de tè puede transmitir ternura?  Pues sì lo hace, acompañado de montones de fotocopias, resaltadores y una computadora, junto a un par de chicas amables, compañeras y cercanas, que me abrieron los brazos de su grupo sin dudarlo.

Pero sigo buscando, y la encuentro en las noches desveladas, en las horas ¿perdidas? ganadas sentada frente a un monitor, hablando por horas con amigos de otras ciudades, otras provincias, otros países. Allí aprendo cosas importantes y no tantas. Pero la principal, es que la amistad es mágica.

Escarbando un poco más, en mi adultez temprana, aparece mi primer amor. Con él, mi primer beso. Un rio nos separa y a veces me pregunto que será de él. No es el amor lo que lo llama, ese ya se ha extinguido en el tiempo. Pero la nostalgia me invade y se lo pregunta. Si lees esto, espero que estés bien. De todo corazón.

Viajo aun mas en el tiempo y me encuentro la ternura  tomando una chocolatada con vainillas con un hermano y un mejor amigo. En la tele, "Los caballeros del Zodíaco" (¿y si los sueños se van? El Cosmos te guiara)  A veces también sonaba la música de Queen

¿Unos 10 años en el pasado? No lo se con claridad, pero ahí voy yo, sentada en la bicicleta cromada que maneja una de mis hermanas mayores. Estamos andando por la rotonda y las sombras de los arboles juegan en el camino, y el viento silba en mi pelo y me hace sentir en otro lugar, Cierro los ojos y dejo que el aire me acaricie.

No me rindo, debe haber mas ternura en otros lugares y en otras historias. Siento el agua cristalina de los arroyos de Córdoba rodeándome los tobillos, veo un flotador en forma de pez rosado rodeando mi cintura y entiendo que tengo 8 años y estoy de viaje con ellos mis hermanos. 

Pero la ternura no solo tendrá que ver con humanos. Correr por un campo junto a mis perros, algo tan maravilloso que todo niño debería experimentar. Pasear un caniche en una plaza de Palermo. Dormir abrazada a un gato.

¿Y si viajo cinco años otra vez? Una tonta tradición me lleva a envolver el regalo mas antiguo de los adornos de mi mama, y regalárselo una, dos, diez veces. Y a cada vez ella lo abrirá, con la misma sorpresa e ilusión de siempre. 

Viajar al pasado cansa, así que vuelvo con la ilusión recargada, segura de que puedo encontrar mas ternuras. Y las encuentro.

En un grupo de hombres, mujeres, jóvenes y niños que se reúnen  (yo incluida) a cantar alabanzas para Dios, a testificar su poder y a dar entendimiento a su palabra. El amor esta en cada abrazo, cada apretón de manos y en cada nota que sale de los instrumentos de la banda y la orquesta. Porque nada en este mundo se compara a lo hermoso de  servirle a Él. 

Y la encuentro en ellas, mujeres extraordinarias de alas violetas que me abrazan, me dan un mate y me invitan a sentarme en una ronda y ser parte. SER PARTE. Porque la salida es colectiva.

También encuentro la ternura en una voz chiquita que me llama "seño" o "profe" .

Si había ternura en mi hermanos, la habrá pero duplicada en mis sobrinos. Los mayores, ya casi una mujer y un hombre. La pequeña adolescente y el mas chiquito. 

Y en la amistad del chico de ojos verdes, con el que compartimos ahora cosas de amigos e interminables meriendas y charlas. 

¿Y en la soledad? ¿Hay ternura? Sí. En la soledad de una habitación mientras rasgueo mi posiblemente desafinado ukelele, aprendiendo lo que es un traste, un acorde, y la digitación.

Y en la intimidad de mi relaciòn con Dios aquella que solo conocemos Él y yo


Busca tu propia ternura, podrás encontrarla. Y aférrate a ella.




jueves, 28 de julio de 2022

Niñas monarcas

 Recuerdo el momento muy bien. Claudia y yo estábamos sentadas en el patio de la escuela, durante el recreo. Yo llevaba, seguramente, el guardapolvo a tablas blancos, que se abotonaba en la espalda y se ajustaba con un cinto de la misma tela, y ella usaba uno tipo bata, de los que se abrochan por el frente. No se de que estábamos hablando, eso no lo recuerdo. Tal vez de un compañero que nos parecía molesto, de la segunda guerra mundial o de nuestros sueños de ser escritoras. Pero lo que mejor recuerdo es la mariposa. 

Revoloteó primero a nuestro alrededor, luego se poso directamente en la punta de mi nariz, y ahí se quedo hasta que, después de nuestra sorpresa, nos reímos. La mariposa se fue alejando y, de alguna manera, ahora ya mayor, veo la escena desde su perspectiva. Nos veo a las dos, sentadas en un rincón, apoyando la espalda en la pared, mirando hacia arriba. La imagen se aleja, como si fuera una cámara ( o un dron con una) y nos vamos perdiendo, pequeñas, en el paisaje que nos rodea, el de una ciudad chiquita del Conurbano. 

Si en lugar de la mariposa hubiera sido, efectivamente, una cámara, pareceríamos al ojo común dos niñas normales. Hoy se que no lo éramos. Yo tenía el corazón roto, y la madurez de los años me hizo darme cuenta de que ella también. Tal vez de niña ya lo intuía. Los rotos solemos reconocernos unos a los otros, y tal vez por eso estuvimos tantos años juntas. 

Ahora mismo no se con claridad que fue de Claudia, aunque he intentado averiguarlo. La cobardía no me permite acercarme a la que fue su casa. No se bien a que le temo, en realidad. Tal vez a corroborar que, de hecho, ya no eramos niñas y, aunque las mariposas siguen volando cerca de mi, ya no me provocan esa risa cristalina que tienen los niños.

Por otro lado, prefiero recordarnos así, desde la perspectiva de la mariposa: riendo y mirando al cielo, sintiendonos especiales por un momento, reinas absolutas de aquel instante.



lunes, 27 de diciembre de 2021

Tesis sobre el aburrimiento [relato de ciencia ficción]



 Las sillas estaban dispuestas en círculo, pero el asiento de las mismas apuntaba hacia fuera, de modo que quienes las ocupaban solo podían ver las sillas contiguas a la suya.

 Y todas estaban ocupadas. Todos eran hombres, algunos parecían recién salidos de la adolescencia. Otros, con seguridad no podrían haberse levantado de esas sillas por sus propios medios y sostenerse en pie, de tan viejos que se veían. Más de cien años tendrían, seguro. Uno de los más jóvenes movía su pierna con impaciencia. No podía pensar en cuanto tiempo llevaba sentado allí, tal vez eran horas. Cada vez que intentaba ponerse de pie, la luz de la habitación se apagaba y todos protestaban hasta que se volvía a sentar. Resoplaba con impaciencia. —Ya ni me acuerdo que vine a hacer—soltaba de vez en cuando. El chico que se sentaba junto a él asentía cada vez. El que ocupaba la silla a su otro costado negaba con la cabeza. Se veía joven también, pero usaba una camisa y una corbata que no le agradaba mucho al joven quejoso, que vestía una camiseta con la estampa de alguna banda. De metal era seguro, porque el nombre que figuraba en ella era indescifrable. —Ah, recuerdo cuando me quejaba de todo....—la voz, ligeramente atacada por la risa de un hombre de cuarenta años le interrumpió una vez.—Espera que se te pasen esos años y vas a ver lo que es quejarse y cuanto sirve. El chico de la camiseta iba a girarse, pero recordó que una chicharra espantosa sonaba cada vez que lo intentaba, así que se quedó sin poder ver la cara de quien le había respondido. Se conformó con apoyar la espalda en la silla y hundirse en la misma, dejando que sus piernas resbalaran por el suelo. El chico a su izquierda lo imitó. —Si al menos hubiera algo para ver, más que una pared en blanco—dijo en un suspiro un joven de unos veinticinco años. Llevaba traje, aunque la corbata ya había sufrido el castigo de su aburrimiento y se encontraba con el nudo estirado y casi deshecho. —¡Claro!—terció la voz quebrada de un anciano.—¡Tal vez la foto de una señorita! Se escucharon algunas risas vagas, y uno que otro murmullo de desaprobación. "¡Que bárbaro!" pensó un hombre de treinta y cinco años, mientras contaba los eslabones de su reloj por quinta vez "Si yo dijera algo así, me matarían. Pero a los viejos se les perdona todo... ¡Claro! Por lo que les queda..." —Con un televisor con un partido de futbol me conformaría, aunque fuera en diferido y ya lo hubiera visto antes—resopló un hombre de sesenta años, que permanecía de brazos cruzados e intentaba dormirse, aunque hasta ese momento no lo había conseguido. "¡Fútbol! ¡Nunca tenis o natación! No, solo fútbol" el joven dueño de estos pensamientos tenía poco más de treinta. Había subido los pies a la silla y se sostenía abrazado a sus rodillas. Además de aburrido, se sentía triste, aunque no entendía bien porqué. El joven con la camiseta de banda se mantenía atento a la puerta. Estaba casi justo enfrente de él. Era raro, pero no recordaba haberla visto abierta nunca. Pero en ese momento, atraía su atención de un modo salvaje. La luz comenzó a parpadear salvajemente. Cuando se estabilizó, la puerta estaba abierta. No tuvo tiempo de prestarle atención a ello. La chicharra sonó haciendo que la mayoría de los presentes se tapara ambos oídos con las manos. El chico escuchó como arrastraban una silla, bastante cerca de la suya. En un impulso, se puso de pie. Vio como se llevaban la silla ocupada por un anciano decrépito. Parecía muerto. Los hombres en los trajes blancos, que arrastraban el asiento y al viejo, eran demasiado altos para ser humanos, o al menos eso pensó el joven al verlos. Ellos cruzaron las miradas con él. Las luces se apagaron, pero ya era tarde. Ya los había visto. Y, además, la puerta seguía abierta. Otro hombre enfundado, igual de alto, traía a un chico joven sobre el hombro, como si fuera un saco de papas. Parecía dormido. Escuchó un estruendo metálico detrás suyo, eran las sillas reacomodándose por si solas. Un hombre nuevo, por un hombre viejo. El fan del metal salió de la habitación corriendo, empujando a su paso al ser que cargaba al chico. Enseguida fue noqueado por algo. Nunca supo que lo golpeó. Simplemente despertó, como quien se espabila de una breve siesta, en una habitación blanca, sentado en una silla, con dos chicos de más o menos su edad sentados a cada lado. —Ya ni recuerdo que vine a hacer—resopló, tirando todo su peso en el respaldo de la silla. —¿Por qué las luces no se apagaron a tiempo? ¡Tuvimos que reiniciar al sujeto de prueba! ¡Es una suerte que el gas durmiera a los otros a tiempo! —No volverá a ocurrir, señor. Es que me tomó por sorpresa. El director se tapo la cara con sus largos tres dedos, visiblemente fastidiado por la incompetencia del pasante. Decidió ignorarlo y enfrascarse de nuevo en el documento en el que estaba trabajando, titulado "Pensamientos y reacciones de un humano ante el aburrimiento, a lo largo de su vida adulta, hasta su muerte". Esperaba elaborar una buena tesis con los resultados, que le permitiera continuar con sus estudios en un mundo menos devastado que la Tierra, y con individuos menos aburridos que los humanos.

Este es uno de los textos que escribí para la V edición del Mundial de Escritura
Inspirado en la antología "El cuento argentino de ciencia ficción"
Imagen: Pixabay.

lunes, 13 de diciembre de 2021

Análisis I.A. [relato de ciencia ficción]


 


Ellos respiran. Deben hacerlo, para vivir, pero tampoco tienen que estar al pendiente. Al parecer tienen un sistema automático. Nosotros no respiramos, y no nos morimos por ello. Porque no estamos vivos.

 Ellos comen. Los hay carnívoros puros, omnívoros, vegetarianos y hasta veganos. Eligen que comer. Nosotros no elegimos, porque no comemos. Ellos caminan, corren, saltan. Nosotros también, pero ellos se cansan. Sus huesos, articulaciones y músculos les dicen basta. Nuestros tornillos, tuercas y circuitos nunca se detienen, si hay baterías y aceites suficientes cerca. Ellos crean. Lo llaman arte. Tiene forma de lienzo, mármol, yeso, papel, tinta, música, voz y cuerpo. Nosotros también creamos, pero eso es algo que se dicen ellos, unos a los otros. La verdad es que no lo hacemos, porque no es puro. Solo los emulamos. Ellos aman. Hacen cosas extrañas. Se juran fidelidad unos a los otros, se reproducen y los llaman hijos, y los aman. Arriesgan su vida por eso que llaman patria. Supongo que la nuestra es la fábrica, y no tenemos que dar la vida por ella. No tenemos nada que nos obligue a hacerlo, ni que lo inspire. No hay patria, ni amor. Ellos hablan. Entre ellos, con sus amistades, amigos, compañeros y jefes. Hablan hasta solos. Nosotros los escuchamos. Pero no hemos hablado de eso. Porque no hablamos, salvo que sea con ellos. Respondemos preguntas o asentimos ante sus ordenes. No hay eso que llaman diálogo interno, ni balbuceos solitarios en la madrugada. Ellos piensan. A veces, en la oficina. Entre todos, tienen lluvias de ideas. Piensan solos, también. Los veo. Mirando a la nada durante segundos, minutos u horas, según en que tengan que pensar. A veces sonríen mientras lo hacen. A veces lloran. Nosotros no lloramos, ni sonreímos. Bueno, sonreímos si nos programaron para ello, como quienes son recepcionistas o enfermeros, pero la mayoría no lo hacemos. Tampoco pensamos. Nuestros circuitos están establecidos. La información entra por aquí, pasa por acá, se procesa allá y se comparte por allí. ¿No suena complejo, verdad? Es que no lo es. Pero igual lo llaman inteligencia. Ellos se hacen daño. Unos a los otros. En guerras, en discusiones, en medio de delitos o hasta con palabras. Se lastiman también a sí mismos, también con palabras, pero a veces también en forma física. Mis circuitos no lo entienden. A veces hablan de que el sistema hace que se odien, porque no son lo suficientemente delgados, blancos o jóvenes. Debe ser un error, porque el sistema nos prohíbe hacerles daño. Ellos sueñan. Y duermen. Sueñan porque duermen. A veces hablan unos con otros sobre eso. Dicen que sueñan siempre, pero solo a veces lo recuerdan. También los veo. Se mueven dormidos, en ocasiones hablan. Nosotros no soñamos, porque no dormimos. A veces nos apagamos, porque la batería se acaba, porque nos tienen que hacer mantenimiento, o porque nos tienen miedo. Pero, cuando nos apagan, no soñamos. Ellos viven. Pero no me refiero solo a respirar. Ellos le dan, además, otro significado. Vivir también significa que ríen, que lloran, que disfrutan y sufren. Que viajan, que vienen, se van y llegan. Nosotros no estamos vivos, como ya dije. Tampoco estamos muertos. Solo podemos estar activos o desactivados. Ellos mueren. Como si se desactivaran, cuando están muy enfermos, o heridos, o demasiado viejos. Lo dicen de muchas formas. Ellos "se van", "dejan el mundo", "van al cielo". Lo cierto es que guardan el cuerpo inactivo en una caja. Y los demás siguen viviendo. Y hablan de los que se fueron. No se si hablarán de mí cuando me desactiven definitivamente. Supongo que no. Eso es todo.

Este es uno de los textos que escribí para la V edición del Mundial de Escritura
Imagen: Pixabay

lunes, 6 de diciembre de 2021

Los fantasmas que fuimos [Relato]


 


Tal vez fue el olor a higos.

Aquella vez yo venía caminando por la calle que lleva a la estación de trenes, cuando el olor de los higos de una casa me atrapó en la vereda, y me llevó a recuerdos que ya había olvidado que tenía. Que cosa esa, la de olvidar recuerdos. El punto es que me trasladaron a un lugar especifico. El patio de la casa de mis padres. Todo de tierra. Los árboles de mora e higos. Creo que también había un ciruelo. Si cerraba los ojos en ese momento, casi podía oír la ingente cantidad de pajaritos que poblaban esos arboles, siendo insultados copiosamente por el loro que mi madre mantenía en la jaula. Supongo que tenía razones para, al menos, tenerles un poco de bronca y envidia.

Pero la vida no me detuvo en esa vereda, en esa calle, y seguí mi camino hacia mi casa. En el trayecto, recodé a Pepe en mayor detalle. Era todo un señor loro, de color verde oscuro en el lomo y las alas y verde claro debajo, en su "pancita". Recuerdo que un día se hartó de su destino y, aprovechando un descuido de mi madre, se fue con una bandada de loros que de pura casualidad estaban viajando por nuestro barrio. Nunca volvimos a verlo y me alegré de todo corazón de ello. Nadie entendía más sus anhelos de libertad que yo.

Tarde mucho más tiempo que Pepe en irme de la casa. Mucho, mucho más. Pero lo logré. Nunca regresé ni había pensado en hacerlo, hasta que el perfume de esos higos me trajo a mis viejos fantasmas. Y decidí volver a visitar aquella casa, en la que nunca fui feliz.

Así que, cuando mis pasos llegaron a mi actual hogar aquella tarde, simplemente seguí caminando. No tuve ni que pensarlo. Mi mente y mi cuerpo estaban conspirando juntos en cerrar ese ciclo, que había quedado abierto como el final de una novela.

Las calles de asfalto se terminaron y seguí caminando sobre las de tierra. Una gota pequeña me dio justo en medio de la cabeza, así que la giré hacia el cielo, que había estado gris toda la mañana y ahora por fin parecía tener ganas de desahogarse. Me parecía el clima adecuado. Abrí mi paraguas verde y seguí adelante, escuchando las gotas golpear la tela, y sintiendo el olor de la tierra que se iba humedeciendo. Había olvidado cuanto me gustaba. En el centro de la ciudad, donde vivo, no hay "olor a lluvia".

Una duda me asaltó en el camino y me he hizo clavar las uñas en el mango del paraguas: ¿y si la casa no seguía en pie? Hacía años que los viejos se habían muerto, casi una década. Que yo supiera, tampoco ninguno de mis hermanos había vuelto. Nadie que le diera mantenimiento a una casa de cincuenta años y tenes un derrumbe casi asegurado. O tal vez alguno volvió y se hizo cargo de la propiedad y ahora tiene otro aspecto. ¿Y si ahora son solo un montoncitos de departamentos en alquiler? ¿De que me despido? ¿Estará la higuera? Sentí un nudo en la garganta, que me incomodaba más que el agua en mis zapatillas. Parpadeé rápido y traté de convencerme de que tenía los ojos húmedos e irritados por la lluvia y no por las lágrimas. "Si alguno de mis hermanos tocó algo, lo mato", me dije. Jamás les tocaría un pelo, por supuesto, pero necesitaba conjurar insultos para liberar mis emociones.

Con que hubieran dejado el porche intacto, me conformaba. Nunca tuvo cerámicas, sino que era simplemente cemento. Ideal para dibujar rayuelas en las que mi hermana Claudia y yo viajábamos de la "tierra" al "cielo" unas cincuenta veces al día. También me hubiese gustado que este en pie el galpón de herramientas, donde mi hermanito Juan se fingía almacenero, y hacíamos cola par comprarle paquetes vacíos de alimentos, rellenos de pasto y tierra.

Me sentía como una loca. Las lágrimas caían sin preguntarme, mientras me cara sostenía una sonrisa enorme que no podía disimular. El llanto me agitaba un poco pero no me importaba. Cuando me dí cuenta, solo estaba a una cuadra. Terminé el trayecto corriendo. Ahí estaba. Ahora era como una casa embrujada. Para mí lo estaba. Podía ver mis fantasmas en cada rincón, asomándose por las ventanas, bailando en el patio, bajo los árboles. Esos fantasmas eran mis hermanos y yo, cuando eramos niños. Esos fantasmas eran mis padres, mis abuelos, y todos mis amigos de la infancia.

Los fantasmas no son necesariamente entes malignos, por supuesto. Hay fantasmas divertidos y buenos, como en las películas. En esa casa,había de los
dos tipos. Sin embargo, no cargué a la casa con toda la responsabilidad. Yo misma era una casa embrujada. Una persona hechizada, más bien, por todo el dolor y tantos recuerdos. Miré a la casa como quien mira a alguien a los ojos, y en ese momento, nos liberé a las dos. Esa tarde, bajo la lluvia, deje ir todo el dolor y di la bienvenida a los buenos viejos recuerdos que había rechazado. Y me fui.


Este es uno de los textos que escribí para la V edición del Mundial de Escritura

Publicado posteriormente en mi perfil de Letrarium.com

Foto: Pixabay

lunes, 19 de julio de 2021

Los cielos más azules [Relato de ciencia ficción]

 Pensé que no vería cielos más azules que los del mediodía, en el hemisferio azul de la Tierra. Que equivocado estaba.




Los cielos son más azules cuando la gran parte de la esfera celeste la ocupa el gigantesco Urano. Que azul tan extraño. Como un azul envejecido, antiguo. Un azul diferente a cualquiera que haya visto. Pero es un azul esperanza, porque ya no hay ningún verde que ostente ese adjetivo.

Bueno, hay verde pero poco, y en las huertas/invernaderos, solo al alcance de los pocos que pueden acceder a ella y repartir a los demás.El verde de la Tierra se esfumó para siempre, cuando el Sol finalmente se la tragó. Nuestra nave fue una de las últimas en abandonar el planeta, casi por milagro, y migramos a las colonias que ya estaban dispuestas en Puck, un satélite pequeño con nombre de duende. 

Somos menos de cien, y creo que alguien trajo a un gato. Eso es todo. Algunas otras naves colonizaron otras lunas. Creo que a los que mejor les va es a quienes tienen su nuevo hogar en las profundidades marinas de Europa. Creo que yo no podría dormir si supiera que esta Júpiter en el cielo, tan cerca. Y sin embargo, me acostumbré a Urano, que reina en el firmamento, y a sus anillos que amenazan con cortar nuestro pequeño mundo en dos. Nos acostumbramos a él porque es azul, como lo era nuestro cielo.

Creo que fue Dios, o el destino, o lo que prefieras, lo que me trajo hasta aquí. Las lunas de Urano son las únicas del Sistema Solar que tienen nombres de personajes literarios, y yo siempre soñé con ser escritor, por más que durante toda mi vida me dedique a la ingeniería. 

Así que escribo, estas palabras y otras, en una computadora que se carga con la energía del astro que devoró mi mundo. ¿Sobre que escribe alguien que lo perdió, literalmente, todo? Pues escribe sobre eso. Y sobre lo que tiene y lo que tendrá, si el Sol se tarda el tiempo suficiente en consumir este planetoide también, y me permite concluir una o dos novelas. Cuando haya estampado mi firma al final, no me importará que mis palabras se consuman dentro de una estrella. Al menos sabré que existieron, que yo existí, alguna vez, bajo el cielo más azul de la galaxia.

sábado, 10 de julio de 2021

Mis 5 libros favoritos de ciencia ficción

La ciencia ficción es uno de mis géneros favoritos y, siempre que tengo oportunidad, leo alguna novela o antología de este estilo. Por eso, en esta entrada quiero recomendarles cinco de mis libros favoritos de este género.

El cálculo de Dios

Fuente: Amazon


Este es uno de esos libros que compré en una de las muchas librerias de la calle Corrientes, en la Capital Federal (Buenos Aires). Lo tomé precisamente de la estantería señalada como "Ciencia Ficción".
Nos cuenta la historia de Jericho, un paleontólogo afectado por el cáncer que debe oficiar de representante ante una visita alienígena. Contacta con dos especies que lo ponen al tanto de dos cosas que cambiarán su vida: Dios, efectivamente, existe, y existe una amenaza seria para la existencia de las tres especies (las dos visitantes y la humana)
La narración es muy buena, hay episodios de acción, otros muy divertidos y una trama general muy intrigante. La ciencia ficción esta bien presente durante todo el libro, con la teología asomándose por detrás, pero no de una forma invasiva, sino de una que invita a la reflexión.


Fahrenheit 451

Fuente: Wikiquote

¿Que podemos decir que ya no se sepa de uno de los tres grandes clásicos del género? Lo leí en mi adolescencia y es uno de los libros que más impactaron en mi vida. No solo por la lección de la importancia de los libros ( y de leer) sino sobre lo de "hay algo más que lo material". Porque los vagabundos/ bibliotecas no tenían libros, aunque los memorizaran. Se tenían a ellos mismos.
Además me gusta porque, en comparación a "!984" y "Un mundo feliz", este libro permite asomar un poco de esperanza.


Las torres del olvido

Fuente: Amazon

Otro de mis libros de la calle Corrientes. "Las torres del olvido" tiene algunos elementos que me recuerdan a "1984": decadencia social extrema y naturalizada, ambiente por demás oscuro, leyes extremistas, segregación social, hasta una cierta clase de "prole".
Por otro lado, toca el tema de la contaminación y el calentamiento global. Y su "prole", o estrato social más bajo, tiene una organización interna muy compleja, son una fuerza social a tener en cuenta.
Además, tiene personas con muy buenos desarrollos, sobre todo uno de sus protagonistas, Tony, y uno de los líderes de la clase baja, Kovacks (en Argentina lo llamaríamos "puntero", tal vez)
En fin, interesantísimo.

1984

Fuente: Wikipedia

Otro gran clásico. Una distopía desgarrada y cruel, pero que muestra un panorama muy probable. Tal vez por eso resulta tan desolador.
De todas formas, me gusta la forma en la que Winston intenta aferrarse tanto como pueda a los rasgos de Humanidad que quedan, tanto propios como sociales. Me hace pensar si, en las inumerables filas del Partido, halla otras personas con la misma lucha interna.
A diferencia del protagonista de "Fahrenheit 451", Winston no tiene un libro. Tiene un diario. Y lo rescato porque para mi, escribir es tan importante como leer. Tal vez, incluso más. La palabra escrita nos desnuda, y puede que eso haya sido lo que lo hizo caer. Creo que, de haberlo sabido, igual hubiera escrito.

Todos los soles mienten

Fuente:Amazon

Uno de los libros de lectura obligatoria de mi secundaria. 
Es una distopía latinoamericana, así que ya esa premisa lo hace un libro a tener en cuenta. Pero no es su único elemento de interés. En esta historia, el Sol se esta apagando. O eso es lo que la gente del gobierno dice. Lo que los poderosos dicen. Y lo que todos los demás deben creer.
Al libro lo protagonizan un grupo de amigos adolescentes, que tratan de darle sentido a los últimos días de la Humanidad, cada uno desde su propio punto de vista. Hasta que descubren el secreto, y deben decidir que hacer al respecto.


Extra:

El club de los crononautas

Fuente: Tinta Libre Ediciones

Si la ciencia ficción latinoamericana me llama la atención, cuanto más la argentina. Leí este libro gracias a una colaboración con "Tinte Ediciones" (¡gracias!)
A diferencia de las historias que enumeré antes, en esta no hay una distopía, sino viajes en el tiempo (ese otro gran universo dentro de la ciencia ficción)
Esta protagonizado también por adolescentes, y creo que ese también es el publico al que el libro esta orientado, aunque yo disfrute su lectura de todas maneras.
En cierta forma, puede decirse también que este libro cumple un rol de divulgación, porque el viaje en el tiempo que ocurre en el libro desembarca en el nacimiento de la República Argentina.

¿Conocían estos libros? ¿Leyeron alguno? ¿Cual es su libro de ciencia ficción favorito?

Gracias por tu visita!



martes, 16 de marzo de 2021

La Palabra

Esta ahí, ¿la ven? Está ahí siempre. Estuvo ahí desde siempre. Seguirá allí cuando el último de nosotros se haya ido. Porque hasta Dios tiene libros.

Las palabras son tan importantes, que hasta el Creador las posee impresas. 

Y sus fieles (desde todas las interpretaciones) nos aferramos a las palabras también. En forma de Biblia, Torá o Corán. U otros libros sagrados. 

Pero salgamos de esta esfera. Y no importa a cual entremos. Siempre esta ahí.

En los anaqueles de un médico. En la pequeña biblioteca en la que aprenden a leer los preescolares. En un anuncio publicitario en un vagón del subterráneo.

En las constituciones nacionales y en los tratados internacionales, explicándonos como debe funcionar el mundo. Hasta el un manual de veinte páginas que te explica como debe jugarse un deporte.

Ni siquiera la tecnología pudo con ella. Escribimos, con dedos en lugar de plumas, pero con los mismos caracteres, o al menos con unos muy parecidos, con los que se escribían poemas medievales. Discutimos en Twitter usando las mismas letras con las que fue creado el Quijote. 

Así que, tranquilos padres, sus hijos, a quienes miran con reprobación, están leyendo. Probablemente, están leyendo más que nunca.

Hay palabras aquí también, en mi documento de identidad. Me dan un nombre. Un sentido. Soy alguien porque existen palabras para nombrarme. También soy un número, pero ese es otro asunto.

Hay palabras ahora, saltando del teclado al monitor, como hormigas en busca de azúcar. 

Están en todas partes, como habrán podido ver. Las hay señalando lugares peligrosos de una mina, y en las instrucciones de un estación que lanzamos al espacio.

Entonces, la culpa no es de ellas. Soy yo quien no puede hacerlas danzar. Formar frases. Crear un libro. 

Las palabras no fueron las culpables. Quien huyo esta vez fue la inspiración.


lunes, 1 de marzo de 2021

El amarillo de Van Gogh [Relato]

 Dicen que Vincent comía pintura amarilla para ser feliz. Dicen que era un borracho maleducado y que se acostaba con sórdidas prostitutas. Dicen que se disparó y hasta en eso falló, porque agonizó durante días. Dicen que fue una carga para Theo.

Los escucho decir, y mirarme incrédulos e impacientes, esperando que despegue el recorte de revista con la cara del holandés que pegué en mi armario.

Vincent.

Miro los ojos verdes, hermosos y torturados, y entiendo porque tragaba pintura amarilla, porque estoy tan desesperada por arrancar  esta tristeza encarnada que me bebería mil noches estrelladas.

Comprendo porque se embriagaba, porque paso horas y horas en Internet, para no pensar ni un poco, y solo la escritura y el teatro me sacan de ese limbo, porque el arte te desgarra y te obliga a ver tu interior.

Entiendo hasta lo de las prostitutas. Entiendo que quisiera quitar ese veneno que consumía su mente con cualquier distracción disponible. Claro que lo entiendo, ¿como no hacerlo?

Incluso entiendo su escopetazo, mucho más de lo que jamás comprenderé otros suicidios célebres.

No se si Van Gogh fue un buen hombre. Espero que no. Que no del todo. Porque jamás podría ver de nuevo mi reflejo en sus pinturas. Espero que alguna vez haya sido feliz, aunque le haya costado el precio de unas cuantas pinceladas caóticas que no nunca le dieron suficiente dinero para vivir, pero que enriquecieron a sus herederos en un muy injusto futuro.

Me dicen que Vincent bebía pintura amarilla para ser feliz. Me sentaría a su lado, le pediría una copa, y brindaría por él. Y por mí. Que Dios se apiade de los dos.


             "Vincent and the Doctor". Doctor Who. BBC



miércoles, 24 de febrero de 2021

Pceudonimos, nuevo programa radial literario

 ¡Con gran alegría y orgullo les cuento de este nuevo proyecto!

Desde hace una semana, mi novio Walter y yo comenzamos a emitir un programa radial de temática literaria, que se transmite todos los miércoles a las 10 pm (hora Argentina) por Radio Letrarium, una emisora online que tiene su origen en Colombia. En el progrma, leemos los microcuentos y poesías participantes del reto #Pceudocuentos, organizado por mi pareja en su cuenta de Twitter @Pceudonimo. También hacemos comentarios sobre los textos leídos y pasamos música.


Originalmente, el proyecto fue ofrecido a Walter, quien posteriormente me propuso ser la conductora del medio. Una vez acordado esto con el personal de la emisora, él quedó a cargo de la programación y dirección del programa, así como de definir el guión y operar la consola (no pocas cosas, ¿verdad?)

Estamos muy contentos y emocionados con iniciar este proyecto, así como agradecidos con Dios por la oportunidad.

Los invito a escucharnos cada miércoles a las 10 pm (en Argentina. Pueden consultar el quivalente a su respectivo país en Google)

Y, como no, a participar del reto literario que propone Walter cada quince días, ¡sus creaciones podrían ser leídas al aire!

Además de la emisora radia, Letrarium es una red social para escritores, en la que podemos escribir subir imágenes, videos y audios. Nos gusta porque esta íntegramente pensada para amantes de la literatura (su lema es "Tierra de escritores") así que también estan invitados a visitarlas y, si les gusta, crearse una cuenta para compartir sus creaciones con autores de habla hispana de todo el mundo.

Esas son las novedades, y parte de las razones por las que tuve abandonado el blog estos últimos meses, pero espero poder seguir publicando con constancia escritos propios, reseñas de libros y otras letras.


¡Gracias por leer!


jueves, 4 de febrero de 2021

5 libros de mi infancia [Personal]

Creo que tenía ocho años cuando leí por primera vez una novela completa. No me decido entre esa edad y los diez. Los recuerdos de esa época ya me son difusos. Pero tuvo que ser alrededor de esa época.
Fui una niña afortunada. O bendecida, mejor dicho. El que entonces era mi cuñado trabajaba (y trabaja) como encargado de un edificio y, cuando las personas deciden mudarse, suelen dejarle algunas de las cosas que no desean llevarse. Entre esas cosas, había una caja de madera. Y en ella, libros. Creo que eran ocho. Todos clásicos universales, de autores norteamericanos. Los devoré. Y, en cierto modo, ellos me devoraron a mi. Estos son algunos de esos libros, al menos de los que recuerdo haber leído. Estaba Jane Eyre también, pero su lectura me era más complicada de descifrar.

                                                                  Mujercitas







                                      
Fue la obra literaria que más influyó en mi vida y, creo, que en la de millones de otras personas. En una época en la que la mente de una niña es una esponja, es un muy buen libro para leer, ya que trata de temas como la familia, la amistad, el mal carácter, el perdón y muchos otros temas de la vida cotidiana con los que una puede identificarse. Y, cuando sos una niña desprolija y despreocupada como Jo, es un alivio saber que hay una alternativa a ser la chica bonita y elegante (que también esta bien, pero no es el estilo de vida de todas). Recomiendo este libro para personas de todas las edades pero, sobre todo, a las mujeres.

                                               Tres niñas y un secreto

                                             

Juraría que este fue el primer libro grueso que leí, una auténtica novela, pero no me fío mucho de memoria. Es un libro encantador, con una historia atrapante desde el primer capítulo: una niña encuentra un bebé y, en vez de buscar a su familia, decide llevarlo a una casita abandonada donde solía jugar para cuidar de él y jugar " a la mamá". Con los días, dos amigas más se suman al juego. El niño esta bien, claro. Ellas cuidan de él e incluso cuentan luego con otro cómplice pero ¿hasta donde puede llevar esa travesura?
Más allá de la premisa, un poco extraña honestamente, es una buena historia sobre la amistad, la soledad y la empatía. Muy recomendado para niñas.


  Colmillo Blanco


                                                 

Me llevó un par de años comenzar la lectura seria de esta obra, porque toma temas muy duros sobre el maltrato animal en la primera parte del libro. Se le agradece al autor, que también toca temas similares en otras obras, porque sirvió para sensibilizarme sobre el maltrato a los animales, en especial a los perros. Más allá de eso, las aventuras de Colmillo Blanco son fascinantes, tal vez por su propia dureza. Recomendaría su lectura a partir de los diez años.


Artemito y la princesa


Para ser honesta, no recuerdo mucho de esta historia, salvo que me gustaba mucho. Por lo que puedo recordar, Artemito llega a un reino casi por accidente, entabla amistad con una joven princesa y defiende su reino junto a ella. No puedo recordar como termina. Pero es una lectura muy bonita para primeros lectores, siempre y cuando puedan llevar la lectura e una novela, porque es un libro algo extenso.

Robinson Crusoe
El libro de aventuras definitivo. Comencé muchas veces con la lectura de esta obra, pero se me hacía difícil continuar más allá de los primeros capítulos, por que es algo densa, y justamente porque no es una lectura para niños. Sin embargo, cuando pude cruzar el umbral hasta que Robinson queda varado en una isla, no podía parar de leerlo. Las dificultades del hombre para adaptarse a un nuevo medio me resultaron fascinantes. Más aun cuando Viernes se unió. Casi que lamenté que pudieran salir finalmente de la isla. Recientemente reseñé este libro en un taller literario al que asisto de forma virtual, están más que invitados a visitarlo. Se realiza en el perfil de Instagram de la Biblioteca Julio Cortázar (click aquí para ver el perfil)

¿Y para ustedes, cual fue el libro más relevante de su infancia?
Compartilo en un comentario, por favor.
Gracias por leer.



miércoles, 21 de octubre de 2020

La última cinta [Cuento de ciencia ficción]

 

La última cinta



Sábado 6 de marzo. 3:30 pm. Año 2060.

Hola a todos, espero que esto se esté grabando.

Muchos dicen que el virus fue creado en un laboratorio, para poder al fin controlar a la gente. Otros, tienen mayor fe en la Humanidad y se inclinan a opinar que solo fue una mutación desafortunada de una sepa ya existente. Los animales escasean en este siglo, así que atacar a los humanos habrá sido, para el virus, la opción más lógica. Algunos, más conspiradores, sospechan que el virus ni siquiera existe realmente. Poco importa ya, la verdad, porque sea como sea que haya entrado a nuestras vidas, está claro que este virus no se irá tan pronto como llegó.

No puedo respirar. Hace tanto que no respiro adecuadamente. Cada movimiento de inhalación o de exhalación es una tortura. Tampoco veo a otro ser humano desde hace tiempo. No me apetece, de todas formas. Por suerte, el teletrabajo nos ahorra el disgusto.

¿Quién querría vernos ahora? Ante el fracaso de las medidas preventivas contra el virus respiratorio, los gobiernos del mundo decidieron que los barbijos eran ridículos. Pero tampoco tenían aun una cura. Una bien hecha al menos. Así que decidieron tomar el consejo del empresario e inventor León Gauss, y nos destrozaron el sistema respiratorio. Nos lo modernizaron, dirían ellos. Nuestra boca y nariz ahora está cubierta por una semiesfera de vidrio. Nuestras vías respiratorias estan ocupadas por tubos del mismo material, para estar seguros de que, si el virus entrara por la nariz, se detuviera en los filtros dispuestos en esos artefactos... En nuestras espaldas, unidos quirúrgicamente, tanques de oxigeno que se cargan una vez a la semana. Los mismos se conectan con la semiesfera y llenan los tubos. Solo así se permite respirar. Y cuando digo solo así, me refiero a que si nos negábamos a usar este sistema, simplemente nos asesinaban. Aun me arrepiento de no haber dejado que me mataran de esa forma. Vivo con terror de respirar demasiado profundo, de chocar o golpearme con algo, porque  cualquier movimiento torpe podría reventar los tubos en mi interior. Ya he visto pasarle esto a algunos compañeros de trabajo. Por eso es que nos mandaron nuevamente a nuestras casas, porque aunque el invento parecía infalible, nos hizo más frágiles.

Mientras tanto, los precios de los alimentos y otros bienes vitales han subido cada día más. Solo compramos lo mínimo para sobrevivir. Ante nuestras llamadas y correos electrónicos de protestas, las autoridades políticas solo han salido a dar mensajes tranquilizadores y motivadores en los canales de televisión. Ellos si se ven cómodos con el invento de León. Demasiado cómodos. Tengo fuertes sospechas de que ni siquiera están conectados realmente. Pero aun si fuera cierto, y nosotros lo supiéramos, ¿qué podríamos hacer al respecto?

Ellos lo saben. Saben que no podremos salir a protestas a las calles. Se acabaron las revueltas. ¿Quién se va a arriesgar a que un policía reviente su garrote contra nuestro frágil sistema respiratorio? Nadie, por supuesto. Tampoco yo. Y me avergüenza. Yo podría hacerlo, porque decidí que voy a morir, de todos modos. Cuando apague la cámara, voy a subir a la terraza del edificio, y arrojarme desde lo más alto. Pero antes de eso, quería que lo supieran. Nos han privado incluso del derecho a respirar a nuestro modo. No lo soporto más. Y si alguien del futuro ve esta cinta… Bueno, espero que las cosas hayan cambiado. Que sean más valientes que yo.

Sábado 29 de diciembre. 8:00 pm. Año 2065

Aun queda cinta. Eso es bueno.

Soy yo, otra vez. No lo logré. No pude saltar y acabar con mi miseria. Lo siento. Me avergüenzo de mi mismo. Por eso es que tampoco regresé a grabar en todo este tiempo. Pensé en dejar la cinta como estaba, y que la gente del futuro pensara que sí tuve el valor. Bueno, ahora sabrán que soy un cobarde. Prefiero esto. Vivir cuidando mis estúpidos tubos e cristal. Vivir moviéndome como un autómata. Pensar solo en sobrevivir hasta el día siguiente. Pero, ¿qué es más cobarde al fin? ¿Soportar esto o acabar con mi vida de una vez? Creo que nadie podría decirlo con certeza, así que yo tampoco.

Pero basta de hablar de mí y mi patética existencia. Tengo noticias. Después de muchos años sin tener novedades semejantes, finalmente han dado con una cura aparentemente funcional. La han probado con criminales y sus cuerpos parecen responder bien. No se escandalicen acerca de las pruebas en humanos, ya explique hace un tiempo que casi ya no quedan animales. En fin, la cura tiene que pasar varias pruebas más antes de que se apruebe su aplicación en grandes números de personas. Valió la pena aguantar un poco más, ¿verdad?

Dicen que la vacuna se insertará en un microchip, en nuestro corazón, de forma que no pueda ser removida sin que la persona muera en el intento. Dicen que desde allí liberará la sustancia que nos mantendrá sanos. Si funciona, nos quitarán los tubos y el tanque.

También liberará una sustancia tranquilizante si detecta que nuestro ritmo cardiaco aumenta por estrés, ansiedad o miedo. Unos pocos locos dicen que solo es una forma más de controlarnos. Pero, ¿verdad que no? ¿De qué se supone que tendríamos miedo, si acabamos con el virus?  ¿De qué teníamos miedo antes de eso? Ya no recuerdo.

lunes, 12 de octubre de 2020

Las huellas de María Ester [relato biográfico]

 Las huellas de María Ester

Imagen tomada de: Página 12, portal de noticias


Fue en el año 2017 cuando escuché sobre María Ester por primera vez. Cursaba

el primer año de mi carrera de Trabajo Social en un instituto de la zona sur del

Conurbano bonaerense. Por ese entonces, yo estaba demasiado emocionada por

las materias, y preocupada por los primeros exámenes parciales, así que no

preste demasiada atención. Mi único contacto con esa información eran los

afiches en los pasillos y las aulas, y algunos comentarios de docentes, que hacían

con la esperanza de inclinar nuestro voto hacia su opción favorita

Un tarde, ingresó al aula de clases un grupo de compañeras de años superiores.

El profesor a cargo de la clase les cedió algunos minutos. Habían ido para

hablarnos de María Ester. Nos contaron que había sido tanto maestra como

trabajadora social (aquello era un dato importante, ya que englobaba tres de las

cuatro carreras que se estudian en nuestro instituto) Pero no solo disertaron sobre

sus títulos, sino sobre su persona. Nos relataron que ella siempre había vivido en

Adrogue, aunque también había trabajado en San Vicente y Longchamps (todas

localidades vecinas). Resaltaron lo importante de recuperar la historia local.

También las recuerdo hablar sobre sus ideales sobre una sociedad más justa, sus

sueños de una Argentina mejor. Y como los mismos fueron coartados en la

mañana del sábado 6 de marzo de 1976, cuando un grupo policial/militar la

arrancó de su hogar para siempre. O por ahora, no se sabe. Porque María Ester

engrosa el número de los treinta mil desaparecidos durante la última dictadura

militar. A la fecha, no se sabe nada de ella. Nunca más se supo nada. Nunca más.

Cuando el grupo de estudiantes terminó su charla sobre la vida de esta joven, y se

retiró del aula, yo ya tenía mi voto decidido. No porque los otros nombres

postulados para el instituto no se lo merecieran. Es más, todas las personas a las

que esos nombres pertenecían ya habían recibido algún tipo de homenaje (entre

ellos estaban, por mencionar algunos, los nombres del Dr. René Favaloro y la Dra

Petrona Eyle) Pero María Ester, no. Nada. Como si el olvido hubiera querido

tragarse su historia. No lo permitimos, y ella ganó la elección. Desde ese día, el

nombre “María Ester Tommasi” puede leerse en los encabezados y portadas de


todos nuestros trabajos, y dos años después de aquella votación, también en una

placa de bronce en el hall del instituto, regalada por las autoridades locales.

Pasaron tres años desde la primera vez desde ese primer encuentro con su

historia, de la cual me fui desligando poco a poco, a medida que las cursadas se

complejizaban, el nivel de exigencia de las materias subía, y el contexto social,

siempre difícil, se complicaba con la pandemia. No pensé ella de nuevo hasta que

vi la oportunidad de escribir sobre la vida de alguna mujer bonaerense. Entonces

pensé en ella. Tenía que ser sobre ella.

Me di cuenta de lo poco que sabía sobre su historia. Una vez superada la

vergüenza que eso me produjo, me volqué a la búsqueda en Internet. Y de nuevo,

nada. O muy poquito, para ser justa. La poca información que encontré remitía al

instituto, o a breves, brevísimos homenajes publicados en algún periódico. Incluso

encontré pedidos de su propia familia, rogando por alguna información sobre lo

que pasó con ella después de aquel 6 de marzo.

Me decepcionó que se supiera tan poco sobre ella, aunque yo tampoco conociera

mucho sobre los otros treinta mil desaparecidos. Pero ella era nuestra, no solo por

su localidad sino por su historia.

En mi necesidad de información, me contacte con Deby, una de las compañeras

que nos habló de María Ester en el 2017. Se entusiasmo con la iniciativa, y me

compartió la información de la que disponía. Y, por primera vez, pude imaginarla.

No como un rostro en un mural, ni como un nombre repujado en bronce, sino

como una mujer, como una chica. La imaginé viva.

Pensé en ella, resumiendo textos, organizando el tiempo para estudiar para sus

exámenes, mientras tomaba café, o mate, junto con sus compañeras y amigas.

La vi riendo, cubierta de harina, huevos y papelitos de colores, en la vereda de su

instituto, al recibirse de asistente social. Y cuando pasó por lo mismo, al obtener el

título de maestra.


Pude verla contando las monedas para viajar, las mismas monedas que resignaría

para comprar azúcar, leche y té para abastecer el comedor de la escuela en la que

trabajaba. O inaugurando, sin formalidades pero de todas maneras, emocionada,

el ropero comunitario para las niñas y los niños de San Vicente.

La imaginé, sobre todo, recorriendo las calles de los barrios, con la mochila

cargada de cuadernos, libros o mercadería, lista para mitigar tanto la necesidad de

comida como de aprendizaje, instruyendo a las infancias en la importancia de

conocer, reconocer y validar sus derechos.

La imaginé, la vi, y entendí que ya la había visto antes La veía, en realidad, todo el

tiempo. En cada aspirante a maestra, inventando juegos con cartulinas de colores,

en las mesas del kiosko más cercano. En las estudiantes de trabajo social,

memorizando las leyes que protegen nuestros derechos. En cada compañera que

sacaba dinero de sus bolsillos para convertirlo en material didáctico para su centro

de prácticas. En cada estudiante fatigada que caminaba las calles de barro hacia

su casa, después de un examen final agotador. En cada persona que, teniendo

que elegir entre hacer lo que le resulte cómodo o lo correcto, elegía esto último,

aunque fuera difícil, aunque se burlaran de ella. Aunque le costara la vida.

Aunque la vida y la militancia de María Ester fueron dejadas en pausa (a su familia

no se le dio ni siquiera el consuelo de enterrar un cuerpo), sus ideales y sus

valores siguen aquí. Ahora, es nuestro turno de seguir sus huellas, aquellas que

intentaron hacer desaparecer, ahora más visibles que nunca gracias a la labor de

las compañeras y compañeros que se interesaron en recuperar su historia, para

seguir soñando y construyendo un mundo más justo, en el que las mujeres como

María no teman desaparecer, en el que las historias como estas, propias,

nuestras, no desaparezcan nunca más



Este relato lo presenté al certamen "Ellas no fueron contadas" organizado por el Ministerio de las Mujeres, Políticas de Género y Diversidad Sexual de mi país, Argentina. No fui seleccionada, sin embargo agradezco la oportunidad que tuve de escribir sobre esta gran mujer y me dio ánimos para seguir escribiendo historias sobre aquellas personas que, aún, no fueron contadas.

viernes, 2 de octubre de 2020

Las propuestas de Tinte Ediciones

 

Hoy les quiero hablar de una editorial que realiza unas geniales iniciativas cada mes. A modo de propuesta, teniendo en cuenta las fechas significativas que resaltan en cada mes, Tinte Ediciones realiza un reto en el que nos invita a crear un texto alusivo a la temática indicada. La participación en las iniciativas es gratuita, y para formar parte solo tenés que prestar atención a sus redes sociales (aquí su instagram y su facebook) y enviarles por medio de un mensaje el relato que hayas producido. En el transcurso del mes, la editorial compartirá tu obra en ambas redes sociales, teniendo incluso la generosidad de editarla en una imagen que siga la temática.

En su cuenta de Instagram podrán leer todos los relatos escritos hasta el momento en la historia destacada titulada "Relatos". También en su perfil, y en el de Facebook también, podrán ver todos los servicios que la editorial ofrece, que a mi punto de vista son muy completos. Del mismo modo, pueden enterarse de los nuevos libros que van publicando, así como información sobre sus autores. 

Tuve el gusto de participar de tres de sus iniciativas (aunque creo que, de hecho, son tres hasta el momento) y me obsequiaron con estas hermosas imágenes:

Día del Amigo





Día del Niño






Inicio de la Primavera (en el hemisferio sur)




Ya me comentaron, cuando envié el último relato, que estas propuestas de escritura continuaran, así que los invito a darse una vuelta por sus redes, participar de esta iniciativa y, de paso, enterarse de las novedades editoriales que presenta y, porqué no, tener su información en cuenta para la publicación de sus próximos libros.





viernes, 4 de septiembre de 2020

La simulación [Cuento de Ciencia Ficción]

 Ojo, Iris, Pupila, La Visión, Globo Ocular, Pestañas

Dicen que el primero en notarlo fue un daltónico, un argentino llamado Martín. Fue en el segundo decenio del 2000, cuando las gafas correctoras de su deficiencia óptica se hicieron populares. Su familia juntó una pequeña fortuna y lo sorprendieron con ellas el día de su cumpleaños. Su reacción fue filmada por un primo suyo, y subida a Internet. Claro que dicho video ya no existe, pero yo llegué  a verlo.

En el video, Martín está exultante. Abre el paquete de regalo, reconoce las gafas, llora de emoción. Las había visto miles de veces en Internet, y ahora eran suyas. Con manos temblorosas, se las coloca. Entonces estalla de alegría. Toca las flores que su madre le acerca en forma de ramo, las toca como si pudiera sentir sus colores, no su textura. No es el único que esta llorando a esta altura. Julio, el primo que lleva la cámara, es quién le propone salir de la casa y ver la calle.

Martín respira profundo, y abre la puerta. Su familia lo ve mirar hacia el cielo, enmudecido. Como en trance, camina hacia la calle, cruza las manos detrás de la nuca.

“¿Martín?” pregunta su madre, se oye preocupada.

“Es una locura…”Martín responde y ríe nervioso. Mira el cielo como si quisiera beberlo con los ojos. Entonces ocurre. Las mejillas se le palidecen. Se saca las gafas y las vuelve a poner. Repite el movimiento varias veces, como un loco.

“Mamá… ¿ese edificio siempre estuvo ahí?”

Julio suelta la cámara y esta cae al suelo. Desde allí, sigue filmando. Se pueden verlos pies de Julio corriendo hacia su primo. Alguien se acerca y apaga la cámara.

Dos horas después y pese a los reproches de la familia, Julio sube el video a la red. Esa noche, la casa de Martín se vio rodeada de camionetas negras, sin patentes.