Las sillas estaban dispuestas en círculo, pero el asiento de las mismas apuntaba hacia fuera, de modo que quienes las ocupaban solo podían ver las sillas contiguas a la suya.
Y todas estaban ocupadas. Todos eran hombres, algunos parecían recién salidos de la adolescencia. Otros, con seguridad no podrían haberse levantado de esas sillas por sus propios medios y sostenerse en pie, de tan viejos que se veían. Más de cien años tendrían, seguro. Uno de los más jóvenes movía su pierna con impaciencia. No podía pensar en cuanto tiempo llevaba sentado allí, tal vez eran horas. Cada vez que intentaba ponerse de pie, la luz de la habitación se apagaba y todos protestaban hasta que se volvía a sentar. Resoplaba con impaciencia. —Ya ni me acuerdo que vine a hacer—soltaba de vez en cuando. El chico que se sentaba junto a él asentía cada vez. El que ocupaba la silla a su otro costado negaba con la cabeza. Se veía joven también, pero usaba una camisa y una corbata que no le agradaba mucho al joven quejoso, que vestía una camiseta con la estampa de alguna banda. De metal era seguro, porque el nombre que figuraba en ella era indescifrable. —Ah, recuerdo cuando me quejaba de todo....—la voz, ligeramente atacada por la risa de un hombre de cuarenta años le interrumpió una vez.—Espera que se te pasen esos años y vas a ver lo que es quejarse y cuanto sirve. El chico de la camiseta iba a girarse, pero recordó que una chicharra espantosa sonaba cada vez que lo intentaba, así que se quedó sin poder ver la cara de quien le había respondido. Se conformó con apoyar la espalda en la silla y hundirse en la misma, dejando que sus piernas resbalaran por el suelo. El chico a su izquierda lo imitó. —Si al menos hubiera algo para ver, más que una pared en blanco—dijo en un suspiro un joven de unos veinticinco años. Llevaba traje, aunque la corbata ya había sufrido el castigo de su aburrimiento y se encontraba con el nudo estirado y casi deshecho. —¡Claro!—terció la voz quebrada de un anciano.—¡Tal vez la foto de una señorita! Se escucharon algunas risas vagas, y uno que otro murmullo de desaprobación. "¡Que bárbaro!" pensó un hombre de treinta y cinco años, mientras contaba los eslabones de su reloj por quinta vez "Si yo dijera algo así, me matarían. Pero a los viejos se les perdona todo... ¡Claro! Por lo que les queda..." —Con un televisor con un partido de futbol me conformaría, aunque fuera en diferido y ya lo hubiera visto antes—resopló un hombre de sesenta años, que permanecía de brazos cruzados e intentaba dormirse, aunque hasta ese momento no lo había conseguido. "¡Fútbol! ¡Nunca tenis o natación! No, solo fútbol" el joven dueño de estos pensamientos tenía poco más de treinta. Había subido los pies a la silla y se sostenía abrazado a sus rodillas. Además de aburrido, se sentía triste, aunque no entendía bien porqué. El joven con la camiseta de banda se mantenía atento a la puerta. Estaba casi justo enfrente de él. Era raro, pero no recordaba haberla visto abierta nunca. Pero en ese momento, atraía su atención de un modo salvaje. La luz comenzó a parpadear salvajemente. Cuando se estabilizó, la puerta estaba abierta. No tuvo tiempo de prestarle atención a ello. La chicharra sonó haciendo que la mayoría de los presentes se tapara ambos oídos con las manos. El chico escuchó como arrastraban una silla, bastante cerca de la suya. En un impulso, se puso de pie. Vio como se llevaban la silla ocupada por un anciano decrépito. Parecía muerto. Los hombres en los trajes blancos, que arrastraban el asiento y al viejo, eran demasiado altos para ser humanos, o al menos eso pensó el joven al verlos. Ellos cruzaron las miradas con él. Las luces se apagaron, pero ya era tarde. Ya los había visto. Y, además, la puerta seguía abierta. Otro hombre enfundado, igual de alto, traía a un chico joven sobre el hombro, como si fuera un saco de papas. Parecía dormido. Escuchó un estruendo metálico detrás suyo, eran las sillas reacomodándose por si solas. Un hombre nuevo, por un hombre viejo. El fan del metal salió de la habitación corriendo, empujando a su paso al ser que cargaba al chico. Enseguida fue noqueado por algo. Nunca supo que lo golpeó. Simplemente despertó, como quien se espabila de una breve siesta, en una habitación blanca, sentado en una silla, con dos chicos de más o menos su edad sentados a cada lado. —Ya ni recuerdo que vine a hacer—resopló, tirando todo su peso en el respaldo de la silla. —¿Por qué las luces no se apagaron a tiempo? ¡Tuvimos que reiniciar al sujeto de prueba! ¡Es una suerte que el gas durmiera a los otros a tiempo! —No volverá a ocurrir, señor. Es que me tomó por sorpresa. El director se tapo la cara con sus largos tres dedos, visiblemente fastidiado por la incompetencia del pasante. Decidió ignorarlo y enfrascarse de nuevo en el documento en el que estaba trabajando, titulado "Pensamientos y reacciones de un humano ante el aburrimiento, a lo largo de su vida adulta, hasta su muerte". Esperaba elaborar una buena tesis con los resultados, que le permitiera continuar con sus estudios en un mundo menos devastado que la Tierra, y con individuos menos aburridos que los humanos.lunes, 27 de diciembre de 2021
Tesis sobre el aburrimiento [relato de ciencia ficción]
lunes, 1 de marzo de 2021
El amarillo de Van Gogh [Relato]
Dicen que Vincent comía pintura amarilla para ser feliz. Dicen que era un borracho maleducado y que se acostaba con sórdidas prostitutas. Dicen que se disparó y hasta en eso falló, porque agonizó durante días. Dicen que fue una carga para Theo.
Los escucho decir, y mirarme incrédulos e impacientes, esperando que despegue el recorte de revista con la cara del holandés que pegué en mi armario.
Vincent.
Miro los ojos verdes, hermosos y torturados, y entiendo porque tragaba pintura amarilla, porque estoy tan desesperada por arrancar esta tristeza encarnada que me bebería mil noches estrelladas.
Comprendo porque se embriagaba, porque paso horas y horas en Internet, para no pensar ni un poco, y solo la escritura y el teatro me sacan de ese limbo, porque el arte te desgarra y te obliga a ver tu interior.
Entiendo hasta lo de las prostitutas. Entiendo que quisiera quitar ese veneno que consumía su mente con cualquier distracción disponible. Claro que lo entiendo, ¿como no hacerlo?
Incluso entiendo su escopetazo, mucho más de lo que jamás comprenderé otros suicidios célebres.
No se si Van Gogh fue un buen hombre. Espero que no. Que no del todo. Porque jamás podría ver de nuevo mi reflejo en sus pinturas. Espero que alguna vez haya sido feliz, aunque le haya costado el precio de unas cuantas pinceladas caóticas que no nunca le dieron suficiente dinero para vivir, pero que enriquecieron a sus herederos en un muy injusto futuro.
Me dicen que Vincent bebía pintura amarilla para ser feliz. Me sentaría a su lado, le pediría una copa, y brindaría por él. Y por mí. Que Dios se apiade de los dos.
miércoles, 21 de octubre de 2020
La última cinta [Cuento de ciencia ficción]
La última cinta
Sábado
6 de marzo. 3:30 pm. Año 2060.
Hola
a todos, espero que esto se esté grabando.
Muchos
dicen que el virus fue creado en un laboratorio, para poder al fin controlar a
la gente. Otros, tienen mayor fe en la Humanidad y se inclinan a opinar que
solo fue una mutación desafortunada de una sepa ya existente. Los animales
escasean en este siglo, así que atacar a los humanos habrá sido, para el virus,
la opción más lógica. Algunos, más conspiradores, sospechan que el virus ni
siquiera existe realmente. Poco importa ya, la verdad, porque sea como sea que
haya entrado a nuestras vidas, está claro que este virus no se irá tan pronto
como llegó.
No
puedo respirar. Hace tanto que no respiro adecuadamente. Cada movimiento de
inhalación o de exhalación es una tortura. Tampoco veo a otro ser humano desde
hace tiempo. No me apetece, de todas formas. Por suerte, el teletrabajo nos
ahorra el disgusto.
¿Quién
querría vernos ahora? Ante el fracaso de las medidas preventivas contra el
virus respiratorio, los gobiernos del mundo decidieron que los barbijos eran ridículos.
Pero tampoco tenían aun una cura. Una bien hecha al menos. Así que decidieron
tomar el consejo del empresario e inventor León Gauss, y nos destrozaron el
sistema respiratorio. Nos lo modernizaron, dirían ellos. Nuestra boca y nariz
ahora está cubierta por una semiesfera de vidrio. Nuestras vías respiratorias
estan ocupadas por tubos del mismo material, para estar seguros de que, si el
virus entrara por la nariz, se detuviera en los filtros dispuestos en esos
artefactos... En nuestras espaldas, unidos quirúrgicamente, tanques de oxigeno
que se cargan una vez a la semana. Los mismos se conectan con la semiesfera y
llenan los tubos. Solo así se permite respirar. Y cuando digo solo así, me refiero a que si nos negábamos
a usar este sistema, simplemente nos asesinaban. Aun me arrepiento de no haber
dejado que me mataran de esa forma. Vivo con terror de respirar demasiado
profundo, de chocar o golpearme con algo, porque cualquier movimiento torpe podría reventar
los tubos en mi interior. Ya he visto pasarle esto a algunos compañeros de
trabajo. Por eso es que nos mandaron nuevamente a nuestras casas, porque aunque
el invento parecía infalible, nos hizo más frágiles.
Mientras
tanto, los precios de los alimentos y otros bienes vitales han subido cada día
más. Solo compramos lo mínimo para sobrevivir. Ante nuestras llamadas y correos
electrónicos de protestas, las autoridades políticas solo han salido a dar
mensajes tranquilizadores y motivadores en los canales de televisión. Ellos si
se ven cómodos con el invento de León. Demasiado cómodos. Tengo fuertes
sospechas de que ni siquiera están conectados realmente. Pero aun si fuera
cierto, y nosotros lo supiéramos, ¿qué podríamos hacer al respecto?
Ellos
lo saben. Saben que no podremos salir a protestas a las calles. Se acabaron las
revueltas. ¿Quién se va a arriesgar a que un policía reviente su garrote contra
nuestro frágil sistema respiratorio? Nadie, por supuesto. Tampoco yo. Y me
avergüenza. Yo podría hacerlo, porque decidí que voy a morir, de todos modos.
Cuando apague la cámara, voy a subir a la terraza del edificio, y arrojarme
desde lo más alto. Pero antes de eso, quería que lo supieran. Nos han privado
incluso del derecho a respirar a nuestro modo. No lo soporto más. Y si alguien
del futuro ve esta cinta… Bueno, espero que las cosas hayan cambiado. Que sean
más valientes que yo.
Sábado
29 de diciembre. 8:00 pm. Año 2065
Aun
queda cinta. Eso es bueno.
Soy
yo, otra vez. No lo logré. No pude saltar y acabar con mi miseria. Lo siento.
Me avergüenzo de mi mismo. Por eso es que tampoco regresé a grabar en todo este
tiempo. Pensé en dejar la cinta como estaba, y que la gente del futuro pensara
que sí tuve el valor. Bueno, ahora sabrán que soy un cobarde. Prefiero esto.
Vivir cuidando mis estúpidos tubos e cristal. Vivir moviéndome como un
autómata. Pensar solo en sobrevivir hasta el día siguiente. Pero, ¿qué es más
cobarde al fin? ¿Soportar esto o acabar con mi vida de una vez? Creo que nadie
podría decirlo con certeza, así que yo tampoco.
Pero
basta de hablar de mí y mi patética existencia. Tengo noticias. Después de
muchos años sin tener novedades semejantes, finalmente han dado con una cura
aparentemente funcional. La han probado con criminales y sus cuerpos parecen
responder bien. No se escandalicen acerca de las pruebas en humanos, ya
explique hace un tiempo que casi ya no quedan animales. En fin, la cura tiene
que pasar varias pruebas más antes de que se apruebe su aplicación en grandes
números de personas. Valió la pena aguantar un poco más, ¿verdad?
Dicen
que la vacuna se insertará en un microchip, en nuestro corazón, de forma que no
pueda ser removida sin que la persona muera en el intento. Dicen que desde allí
liberará la sustancia que nos mantendrá sanos. Si funciona, nos quitarán los
tubos y el tanque.
También
liberará una sustancia tranquilizante si detecta que nuestro ritmo cardiaco
aumenta por estrés, ansiedad o miedo. Unos pocos locos dicen que solo es una
forma más de controlarnos. Pero, ¿verdad que no? ¿De qué se supone que
tendríamos miedo, si acabamos con el virus?
¿De qué teníamos miedo antes de eso? Ya no recuerdo.
viernes, 4 de septiembre de 2020
La simulación [Cuento de Ciencia Ficción]

Dicen que el primero en notarlo fue un
daltónico, un argentino llamado Martín. Fue en el segundo decenio del 2000,
cuando las gafas correctoras de su deficiencia óptica se hicieron populares. Su
familia juntó una pequeña fortuna y lo sorprendieron con ellas el día de su
cumpleaños. Su reacción fue filmada por un primo suyo, y subida a Internet.
Claro que dicho video ya no existe, pero yo llegué a verlo.
En el video, Martín está exultante. Abre el
paquete de regalo, reconoce las gafas, llora de emoción. Las había visto miles
de veces en Internet, y ahora eran suyas. Con manos temblorosas, se las coloca.
Entonces estalla de alegría. Toca las flores que su madre le acerca en forma de
ramo, las toca como si pudiera sentir sus colores, no su textura. No es el único
que esta llorando a esta altura. Julio, el primo que lleva la cámara, es quién
le propone salir de la casa y ver la calle.
Martín respira profundo, y abre la puerta. Su
familia lo ve mirar hacia el cielo, enmudecido. Como en trance, camina hacia la
calle, cruza las manos detrás de la nuca.
“¿Martín?” pregunta su madre, se oye preocupada.
“Es una locura…”Martín responde y ríe nervioso.
Mira el cielo como si quisiera beberlo con los ojos. Entonces ocurre. Las
mejillas se le palidecen. Se saca las gafas y las vuelve a poner. Repite el
movimiento varias veces, como un loco.
“Mamá… ¿ese edificio siempre estuvo ahí?”
Julio suelta la cámara y esta cae al suelo.
Desde allí, sigue filmando. Se pueden verlos pies de Julio corriendo hacia su
primo. Alguien se acerca y apaga la cámara.
Dos horas después y pese a los reproches de la
familia, Julio sube el video a la red. Esa noche, la casa de Martín se vio
rodeada de camionetas negras, sin patentes.
