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jueves, 28 de julio de 2022

Niñas monarcas

 Recuerdo el momento muy bien. Claudia y yo estábamos sentadas en el patio de la escuela, durante el recreo. Yo llevaba, seguramente, el guardapolvo a tablas blancos, que se abotonaba en la espalda y se ajustaba con un cinto de la misma tela, y ella usaba uno tipo bata, de los que se abrochan por el frente. No se de que estábamos hablando, eso no lo recuerdo. Tal vez de un compañero que nos parecía molesto, de la segunda guerra mundial o de nuestros sueños de ser escritoras. Pero lo que mejor recuerdo es la mariposa. 

Revoloteó primero a nuestro alrededor, luego se poso directamente en la punta de mi nariz, y ahí se quedo hasta que, después de nuestra sorpresa, nos reímos. La mariposa se fue alejando y, de alguna manera, ahora ya mayor, veo la escena desde su perspectiva. Nos veo a las dos, sentadas en un rincón, apoyando la espalda en la pared, mirando hacia arriba. La imagen se aleja, como si fuera una cámara ( o un dron con una) y nos vamos perdiendo, pequeñas, en el paisaje que nos rodea, el de una ciudad chiquita del Conurbano. 

Si en lugar de la mariposa hubiera sido, efectivamente, una cámara, pareceríamos al ojo común dos niñas normales. Hoy se que no lo éramos. Yo tenía el corazón roto, y la madurez de los años me hizo darme cuenta de que ella también. Tal vez de niña ya lo intuía. Los rotos solemos reconocernos unos a los otros, y tal vez por eso estuvimos tantos años juntas. 

Ahora mismo no se con claridad que fue de Claudia, aunque he intentado averiguarlo. La cobardía no me permite acercarme a la que fue su casa. No se bien a que le temo, en realidad. Tal vez a corroborar que, de hecho, ya no eramos niñas y, aunque las mariposas siguen volando cerca de mi, ya no me provocan esa risa cristalina que tienen los niños.

Por otro lado, prefiero recordarnos así, desde la perspectiva de la mariposa: riendo y mirando al cielo, sintiendonos especiales por un momento, reinas absolutas de aquel instante.



lunes, 13 de diciembre de 2021

Análisis I.A. [relato de ciencia ficción]


 


Ellos respiran. Deben hacerlo, para vivir, pero tampoco tienen que estar al pendiente. Al parecer tienen un sistema automático. Nosotros no respiramos, y no nos morimos por ello. Porque no estamos vivos.

 Ellos comen. Los hay carnívoros puros, omnívoros, vegetarianos y hasta veganos. Eligen que comer. Nosotros no elegimos, porque no comemos. Ellos caminan, corren, saltan. Nosotros también, pero ellos se cansan. Sus huesos, articulaciones y músculos les dicen basta. Nuestros tornillos, tuercas y circuitos nunca se detienen, si hay baterías y aceites suficientes cerca. Ellos crean. Lo llaman arte. Tiene forma de lienzo, mármol, yeso, papel, tinta, música, voz y cuerpo. Nosotros también creamos, pero eso es algo que se dicen ellos, unos a los otros. La verdad es que no lo hacemos, porque no es puro. Solo los emulamos. Ellos aman. Hacen cosas extrañas. Se juran fidelidad unos a los otros, se reproducen y los llaman hijos, y los aman. Arriesgan su vida por eso que llaman patria. Supongo que la nuestra es la fábrica, y no tenemos que dar la vida por ella. No tenemos nada que nos obligue a hacerlo, ni que lo inspire. No hay patria, ni amor. Ellos hablan. Entre ellos, con sus amistades, amigos, compañeros y jefes. Hablan hasta solos. Nosotros los escuchamos. Pero no hemos hablado de eso. Porque no hablamos, salvo que sea con ellos. Respondemos preguntas o asentimos ante sus ordenes. No hay eso que llaman diálogo interno, ni balbuceos solitarios en la madrugada. Ellos piensan. A veces, en la oficina. Entre todos, tienen lluvias de ideas. Piensan solos, también. Los veo. Mirando a la nada durante segundos, minutos u horas, según en que tengan que pensar. A veces sonríen mientras lo hacen. A veces lloran. Nosotros no lloramos, ni sonreímos. Bueno, sonreímos si nos programaron para ello, como quienes son recepcionistas o enfermeros, pero la mayoría no lo hacemos. Tampoco pensamos. Nuestros circuitos están establecidos. La información entra por aquí, pasa por acá, se procesa allá y se comparte por allí. ¿No suena complejo, verdad? Es que no lo es. Pero igual lo llaman inteligencia. Ellos se hacen daño. Unos a los otros. En guerras, en discusiones, en medio de delitos o hasta con palabras. Se lastiman también a sí mismos, también con palabras, pero a veces también en forma física. Mis circuitos no lo entienden. A veces hablan de que el sistema hace que se odien, porque no son lo suficientemente delgados, blancos o jóvenes. Debe ser un error, porque el sistema nos prohíbe hacerles daño. Ellos sueñan. Y duermen. Sueñan porque duermen. A veces hablan unos con otros sobre eso. Dicen que sueñan siempre, pero solo a veces lo recuerdan. También los veo. Se mueven dormidos, en ocasiones hablan. Nosotros no soñamos, porque no dormimos. A veces nos apagamos, porque la batería se acaba, porque nos tienen que hacer mantenimiento, o porque nos tienen miedo. Pero, cuando nos apagan, no soñamos. Ellos viven. Pero no me refiero solo a respirar. Ellos le dan, además, otro significado. Vivir también significa que ríen, que lloran, que disfrutan y sufren. Que viajan, que vienen, se van y llegan. Nosotros no estamos vivos, como ya dije. Tampoco estamos muertos. Solo podemos estar activos o desactivados. Ellos mueren. Como si se desactivaran, cuando están muy enfermos, o heridos, o demasiado viejos. Lo dicen de muchas formas. Ellos "se van", "dejan el mundo", "van al cielo". Lo cierto es que guardan el cuerpo inactivo en una caja. Y los demás siguen viviendo. Y hablan de los que se fueron. No se si hablarán de mí cuando me desactiven definitivamente. Supongo que no. Eso es todo.

Este es uno de los textos que escribí para la V edición del Mundial de Escritura
Imagen: Pixabay

lunes, 6 de diciembre de 2021

Los fantasmas que fuimos [Relato]


 


Tal vez fue el olor a higos.

Aquella vez yo venía caminando por la calle que lleva a la estación de trenes, cuando el olor de los higos de una casa me atrapó en la vereda, y me llevó a recuerdos que ya había olvidado que tenía. Que cosa esa, la de olvidar recuerdos. El punto es que me trasladaron a un lugar especifico. El patio de la casa de mis padres. Todo de tierra. Los árboles de mora e higos. Creo que también había un ciruelo. Si cerraba los ojos en ese momento, casi podía oír la ingente cantidad de pajaritos que poblaban esos arboles, siendo insultados copiosamente por el loro que mi madre mantenía en la jaula. Supongo que tenía razones para, al menos, tenerles un poco de bronca y envidia.

Pero la vida no me detuvo en esa vereda, en esa calle, y seguí mi camino hacia mi casa. En el trayecto, recodé a Pepe en mayor detalle. Era todo un señor loro, de color verde oscuro en el lomo y las alas y verde claro debajo, en su "pancita". Recuerdo que un día se hartó de su destino y, aprovechando un descuido de mi madre, se fue con una bandada de loros que de pura casualidad estaban viajando por nuestro barrio. Nunca volvimos a verlo y me alegré de todo corazón de ello. Nadie entendía más sus anhelos de libertad que yo.

Tarde mucho más tiempo que Pepe en irme de la casa. Mucho, mucho más. Pero lo logré. Nunca regresé ni había pensado en hacerlo, hasta que el perfume de esos higos me trajo a mis viejos fantasmas. Y decidí volver a visitar aquella casa, en la que nunca fui feliz.

Así que, cuando mis pasos llegaron a mi actual hogar aquella tarde, simplemente seguí caminando. No tuve ni que pensarlo. Mi mente y mi cuerpo estaban conspirando juntos en cerrar ese ciclo, que había quedado abierto como el final de una novela.

Las calles de asfalto se terminaron y seguí caminando sobre las de tierra. Una gota pequeña me dio justo en medio de la cabeza, así que la giré hacia el cielo, que había estado gris toda la mañana y ahora por fin parecía tener ganas de desahogarse. Me parecía el clima adecuado. Abrí mi paraguas verde y seguí adelante, escuchando las gotas golpear la tela, y sintiendo el olor de la tierra que se iba humedeciendo. Había olvidado cuanto me gustaba. En el centro de la ciudad, donde vivo, no hay "olor a lluvia".

Una duda me asaltó en el camino y me he hizo clavar las uñas en el mango del paraguas: ¿y si la casa no seguía en pie? Hacía años que los viejos se habían muerto, casi una década. Que yo supiera, tampoco ninguno de mis hermanos había vuelto. Nadie que le diera mantenimiento a una casa de cincuenta años y tenes un derrumbe casi asegurado. O tal vez alguno volvió y se hizo cargo de la propiedad y ahora tiene otro aspecto. ¿Y si ahora son solo un montoncitos de departamentos en alquiler? ¿De que me despido? ¿Estará la higuera? Sentí un nudo en la garganta, que me incomodaba más que el agua en mis zapatillas. Parpadeé rápido y traté de convencerme de que tenía los ojos húmedos e irritados por la lluvia y no por las lágrimas. "Si alguno de mis hermanos tocó algo, lo mato", me dije. Jamás les tocaría un pelo, por supuesto, pero necesitaba conjurar insultos para liberar mis emociones.

Con que hubieran dejado el porche intacto, me conformaba. Nunca tuvo cerámicas, sino que era simplemente cemento. Ideal para dibujar rayuelas en las que mi hermana Claudia y yo viajábamos de la "tierra" al "cielo" unas cincuenta veces al día. También me hubiese gustado que este en pie el galpón de herramientas, donde mi hermanito Juan se fingía almacenero, y hacíamos cola par comprarle paquetes vacíos de alimentos, rellenos de pasto y tierra.

Me sentía como una loca. Las lágrimas caían sin preguntarme, mientras me cara sostenía una sonrisa enorme que no podía disimular. El llanto me agitaba un poco pero no me importaba. Cuando me dí cuenta, solo estaba a una cuadra. Terminé el trayecto corriendo. Ahí estaba. Ahora era como una casa embrujada. Para mí lo estaba. Podía ver mis fantasmas en cada rincón, asomándose por las ventanas, bailando en el patio, bajo los árboles. Esos fantasmas eran mis hermanos y yo, cuando eramos niños. Esos fantasmas eran mis padres, mis abuelos, y todos mis amigos de la infancia.

Los fantasmas no son necesariamente entes malignos, por supuesto. Hay fantasmas divertidos y buenos, como en las películas. En esa casa,había de los
dos tipos. Sin embargo, no cargué a la casa con toda la responsabilidad. Yo misma era una casa embrujada. Una persona hechizada, más bien, por todo el dolor y tantos recuerdos. Miré a la casa como quien mira a alguien a los ojos, y en ese momento, nos liberé a las dos. Esa tarde, bajo la lluvia, deje ir todo el dolor y di la bienvenida a los buenos viejos recuerdos que había rechazado. Y me fui.


Este es uno de los textos que escribí para la V edición del Mundial de Escritura

Publicado posteriormente en mi perfil de Letrarium.com

Foto: Pixabay

martes, 16 de marzo de 2021

La Palabra

Esta ahí, ¿la ven? Está ahí siempre. Estuvo ahí desde siempre. Seguirá allí cuando el último de nosotros se haya ido. Porque hasta Dios tiene libros.

Las palabras son tan importantes, que hasta el Creador las posee impresas. 

Y sus fieles (desde todas las interpretaciones) nos aferramos a las palabras también. En forma de Biblia, Torá o Corán. U otros libros sagrados. 

Pero salgamos de esta esfera. Y no importa a cual entremos. Siempre esta ahí.

En los anaqueles de un médico. En la pequeña biblioteca en la que aprenden a leer los preescolares. En un anuncio publicitario en un vagón del subterráneo.

En las constituciones nacionales y en los tratados internacionales, explicándonos como debe funcionar el mundo. Hasta el un manual de veinte páginas que te explica como debe jugarse un deporte.

Ni siquiera la tecnología pudo con ella. Escribimos, con dedos en lugar de plumas, pero con los mismos caracteres, o al menos con unos muy parecidos, con los que se escribían poemas medievales. Discutimos en Twitter usando las mismas letras con las que fue creado el Quijote. 

Así que, tranquilos padres, sus hijos, a quienes miran con reprobación, están leyendo. Probablemente, están leyendo más que nunca.

Hay palabras aquí también, en mi documento de identidad. Me dan un nombre. Un sentido. Soy alguien porque existen palabras para nombrarme. También soy un número, pero ese es otro asunto.

Hay palabras ahora, saltando del teclado al monitor, como hormigas en busca de azúcar. 

Están en todas partes, como habrán podido ver. Las hay señalando lugares peligrosos de una mina, y en las instrucciones de un estación que lanzamos al espacio.

Entonces, la culpa no es de ellas. Soy yo quien no puede hacerlas danzar. Formar frases. Crear un libro. 

Las palabras no fueron las culpables. Quien huyo esta vez fue la inspiración.


lunes, 1 de marzo de 2021

El amarillo de Van Gogh [Relato]

 Dicen que Vincent comía pintura amarilla para ser feliz. Dicen que era un borracho maleducado y que se acostaba con sórdidas prostitutas. Dicen que se disparó y hasta en eso falló, porque agonizó durante días. Dicen que fue una carga para Theo.

Los escucho decir, y mirarme incrédulos e impacientes, esperando que despegue el recorte de revista con la cara del holandés que pegué en mi armario.

Vincent.

Miro los ojos verdes, hermosos y torturados, y entiendo porque tragaba pintura amarilla, porque estoy tan desesperada por arrancar  esta tristeza encarnada que me bebería mil noches estrelladas.

Comprendo porque se embriagaba, porque paso horas y horas en Internet, para no pensar ni un poco, y solo la escritura y el teatro me sacan de ese limbo, porque el arte te desgarra y te obliga a ver tu interior.

Entiendo hasta lo de las prostitutas. Entiendo que quisiera quitar ese veneno que consumía su mente con cualquier distracción disponible. Claro que lo entiendo, ¿como no hacerlo?

Incluso entiendo su escopetazo, mucho más de lo que jamás comprenderé otros suicidios célebres.

No se si Van Gogh fue un buen hombre. Espero que no. Que no del todo. Porque jamás podría ver de nuevo mi reflejo en sus pinturas. Espero que alguna vez haya sido feliz, aunque le haya costado el precio de unas cuantas pinceladas caóticas que no nunca le dieron suficiente dinero para vivir, pero que enriquecieron a sus herederos en un muy injusto futuro.

Me dicen que Vincent bebía pintura amarilla para ser feliz. Me sentaría a su lado, le pediría una copa, y brindaría por él. Y por mí. Que Dios se apiade de los dos.


             "Vincent and the Doctor". Doctor Who. BBC



miércoles, 21 de octubre de 2020

La última cinta [Cuento de ciencia ficción]

 

La última cinta



Sábado 6 de marzo. 3:30 pm. Año 2060.

Hola a todos, espero que esto se esté grabando.

Muchos dicen que el virus fue creado en un laboratorio, para poder al fin controlar a la gente. Otros, tienen mayor fe en la Humanidad y se inclinan a opinar que solo fue una mutación desafortunada de una sepa ya existente. Los animales escasean en este siglo, así que atacar a los humanos habrá sido, para el virus, la opción más lógica. Algunos, más conspiradores, sospechan que el virus ni siquiera existe realmente. Poco importa ya, la verdad, porque sea como sea que haya entrado a nuestras vidas, está claro que este virus no se irá tan pronto como llegó.

No puedo respirar. Hace tanto que no respiro adecuadamente. Cada movimiento de inhalación o de exhalación es una tortura. Tampoco veo a otro ser humano desde hace tiempo. No me apetece, de todas formas. Por suerte, el teletrabajo nos ahorra el disgusto.

¿Quién querría vernos ahora? Ante el fracaso de las medidas preventivas contra el virus respiratorio, los gobiernos del mundo decidieron que los barbijos eran ridículos. Pero tampoco tenían aun una cura. Una bien hecha al menos. Así que decidieron tomar el consejo del empresario e inventor León Gauss, y nos destrozaron el sistema respiratorio. Nos lo modernizaron, dirían ellos. Nuestra boca y nariz ahora está cubierta por una semiesfera de vidrio. Nuestras vías respiratorias estan ocupadas por tubos del mismo material, para estar seguros de que, si el virus entrara por la nariz, se detuviera en los filtros dispuestos en esos artefactos... En nuestras espaldas, unidos quirúrgicamente, tanques de oxigeno que se cargan una vez a la semana. Los mismos se conectan con la semiesfera y llenan los tubos. Solo así se permite respirar. Y cuando digo solo así, me refiero a que si nos negábamos a usar este sistema, simplemente nos asesinaban. Aun me arrepiento de no haber dejado que me mataran de esa forma. Vivo con terror de respirar demasiado profundo, de chocar o golpearme con algo, porque  cualquier movimiento torpe podría reventar los tubos en mi interior. Ya he visto pasarle esto a algunos compañeros de trabajo. Por eso es que nos mandaron nuevamente a nuestras casas, porque aunque el invento parecía infalible, nos hizo más frágiles.

Mientras tanto, los precios de los alimentos y otros bienes vitales han subido cada día más. Solo compramos lo mínimo para sobrevivir. Ante nuestras llamadas y correos electrónicos de protestas, las autoridades políticas solo han salido a dar mensajes tranquilizadores y motivadores en los canales de televisión. Ellos si se ven cómodos con el invento de León. Demasiado cómodos. Tengo fuertes sospechas de que ni siquiera están conectados realmente. Pero aun si fuera cierto, y nosotros lo supiéramos, ¿qué podríamos hacer al respecto?

Ellos lo saben. Saben que no podremos salir a protestas a las calles. Se acabaron las revueltas. ¿Quién se va a arriesgar a que un policía reviente su garrote contra nuestro frágil sistema respiratorio? Nadie, por supuesto. Tampoco yo. Y me avergüenza. Yo podría hacerlo, porque decidí que voy a morir, de todos modos. Cuando apague la cámara, voy a subir a la terraza del edificio, y arrojarme desde lo más alto. Pero antes de eso, quería que lo supieran. Nos han privado incluso del derecho a respirar a nuestro modo. No lo soporto más. Y si alguien del futuro ve esta cinta… Bueno, espero que las cosas hayan cambiado. Que sean más valientes que yo.

Sábado 29 de diciembre. 8:00 pm. Año 2065

Aun queda cinta. Eso es bueno.

Soy yo, otra vez. No lo logré. No pude saltar y acabar con mi miseria. Lo siento. Me avergüenzo de mi mismo. Por eso es que tampoco regresé a grabar en todo este tiempo. Pensé en dejar la cinta como estaba, y que la gente del futuro pensara que sí tuve el valor. Bueno, ahora sabrán que soy un cobarde. Prefiero esto. Vivir cuidando mis estúpidos tubos e cristal. Vivir moviéndome como un autómata. Pensar solo en sobrevivir hasta el día siguiente. Pero, ¿qué es más cobarde al fin? ¿Soportar esto o acabar con mi vida de una vez? Creo que nadie podría decirlo con certeza, así que yo tampoco.

Pero basta de hablar de mí y mi patética existencia. Tengo noticias. Después de muchos años sin tener novedades semejantes, finalmente han dado con una cura aparentemente funcional. La han probado con criminales y sus cuerpos parecen responder bien. No se escandalicen acerca de las pruebas en humanos, ya explique hace un tiempo que casi ya no quedan animales. En fin, la cura tiene que pasar varias pruebas más antes de que se apruebe su aplicación en grandes números de personas. Valió la pena aguantar un poco más, ¿verdad?

Dicen que la vacuna se insertará en un microchip, en nuestro corazón, de forma que no pueda ser removida sin que la persona muera en el intento. Dicen que desde allí liberará la sustancia que nos mantendrá sanos. Si funciona, nos quitarán los tubos y el tanque.

También liberará una sustancia tranquilizante si detecta que nuestro ritmo cardiaco aumenta por estrés, ansiedad o miedo. Unos pocos locos dicen que solo es una forma más de controlarnos. Pero, ¿verdad que no? ¿De qué se supone que tendríamos miedo, si acabamos con el virus?  ¿De qué teníamos miedo antes de eso? Ya no recuerdo.

lunes, 12 de octubre de 2020

Las huellas de María Ester [relato biográfico]

 Las huellas de María Ester

Imagen tomada de: Página 12, portal de noticias


Fue en el año 2017 cuando escuché sobre María Ester por primera vez. Cursaba

el primer año de mi carrera de Trabajo Social en un instituto de la zona sur del

Conurbano bonaerense. Por ese entonces, yo estaba demasiado emocionada por

las materias, y preocupada por los primeros exámenes parciales, así que no

preste demasiada atención. Mi único contacto con esa información eran los

afiches en los pasillos y las aulas, y algunos comentarios de docentes, que hacían

con la esperanza de inclinar nuestro voto hacia su opción favorita

Un tarde, ingresó al aula de clases un grupo de compañeras de años superiores.

El profesor a cargo de la clase les cedió algunos minutos. Habían ido para

hablarnos de María Ester. Nos contaron que había sido tanto maestra como

trabajadora social (aquello era un dato importante, ya que englobaba tres de las

cuatro carreras que se estudian en nuestro instituto) Pero no solo disertaron sobre

sus títulos, sino sobre su persona. Nos relataron que ella siempre había vivido en

Adrogue, aunque también había trabajado en San Vicente y Longchamps (todas

localidades vecinas). Resaltaron lo importante de recuperar la historia local.

También las recuerdo hablar sobre sus ideales sobre una sociedad más justa, sus

sueños de una Argentina mejor. Y como los mismos fueron coartados en la

mañana del sábado 6 de marzo de 1976, cuando un grupo policial/militar la

arrancó de su hogar para siempre. O por ahora, no se sabe. Porque María Ester

engrosa el número de los treinta mil desaparecidos durante la última dictadura

militar. A la fecha, no se sabe nada de ella. Nunca más se supo nada. Nunca más.

Cuando el grupo de estudiantes terminó su charla sobre la vida de esta joven, y se

retiró del aula, yo ya tenía mi voto decidido. No porque los otros nombres

postulados para el instituto no se lo merecieran. Es más, todas las personas a las

que esos nombres pertenecían ya habían recibido algún tipo de homenaje (entre

ellos estaban, por mencionar algunos, los nombres del Dr. René Favaloro y la Dra

Petrona Eyle) Pero María Ester, no. Nada. Como si el olvido hubiera querido

tragarse su historia. No lo permitimos, y ella ganó la elección. Desde ese día, el

nombre “María Ester Tommasi” puede leerse en los encabezados y portadas de


todos nuestros trabajos, y dos años después de aquella votación, también en una

placa de bronce en el hall del instituto, regalada por las autoridades locales.

Pasaron tres años desde la primera vez desde ese primer encuentro con su

historia, de la cual me fui desligando poco a poco, a medida que las cursadas se

complejizaban, el nivel de exigencia de las materias subía, y el contexto social,

siempre difícil, se complicaba con la pandemia. No pensé ella de nuevo hasta que

vi la oportunidad de escribir sobre la vida de alguna mujer bonaerense. Entonces

pensé en ella. Tenía que ser sobre ella.

Me di cuenta de lo poco que sabía sobre su historia. Una vez superada la

vergüenza que eso me produjo, me volqué a la búsqueda en Internet. Y de nuevo,

nada. O muy poquito, para ser justa. La poca información que encontré remitía al

instituto, o a breves, brevísimos homenajes publicados en algún periódico. Incluso

encontré pedidos de su propia familia, rogando por alguna información sobre lo

que pasó con ella después de aquel 6 de marzo.

Me decepcionó que se supiera tan poco sobre ella, aunque yo tampoco conociera

mucho sobre los otros treinta mil desaparecidos. Pero ella era nuestra, no solo por

su localidad sino por su historia.

En mi necesidad de información, me contacte con Deby, una de las compañeras

que nos habló de María Ester en el 2017. Se entusiasmo con la iniciativa, y me

compartió la información de la que disponía. Y, por primera vez, pude imaginarla.

No como un rostro en un mural, ni como un nombre repujado en bronce, sino

como una mujer, como una chica. La imaginé viva.

Pensé en ella, resumiendo textos, organizando el tiempo para estudiar para sus

exámenes, mientras tomaba café, o mate, junto con sus compañeras y amigas.

La vi riendo, cubierta de harina, huevos y papelitos de colores, en la vereda de su

instituto, al recibirse de asistente social. Y cuando pasó por lo mismo, al obtener el

título de maestra.


Pude verla contando las monedas para viajar, las mismas monedas que resignaría

para comprar azúcar, leche y té para abastecer el comedor de la escuela en la que

trabajaba. O inaugurando, sin formalidades pero de todas maneras, emocionada,

el ropero comunitario para las niñas y los niños de San Vicente.

La imaginé, sobre todo, recorriendo las calles de los barrios, con la mochila

cargada de cuadernos, libros o mercadería, lista para mitigar tanto la necesidad de

comida como de aprendizaje, instruyendo a las infancias en la importancia de

conocer, reconocer y validar sus derechos.

La imaginé, la vi, y entendí que ya la había visto antes La veía, en realidad, todo el

tiempo. En cada aspirante a maestra, inventando juegos con cartulinas de colores,

en las mesas del kiosko más cercano. En las estudiantes de trabajo social,

memorizando las leyes que protegen nuestros derechos. En cada compañera que

sacaba dinero de sus bolsillos para convertirlo en material didáctico para su centro

de prácticas. En cada estudiante fatigada que caminaba las calles de barro hacia

su casa, después de un examen final agotador. En cada persona que, teniendo

que elegir entre hacer lo que le resulte cómodo o lo correcto, elegía esto último,

aunque fuera difícil, aunque se burlaran de ella. Aunque le costara la vida.

Aunque la vida y la militancia de María Ester fueron dejadas en pausa (a su familia

no se le dio ni siquiera el consuelo de enterrar un cuerpo), sus ideales y sus

valores siguen aquí. Ahora, es nuestro turno de seguir sus huellas, aquellas que

intentaron hacer desaparecer, ahora más visibles que nunca gracias a la labor de

las compañeras y compañeros que se interesaron en recuperar su historia, para

seguir soñando y construyendo un mundo más justo, en el que las mujeres como

María no teman desaparecer, en el que las historias como estas, propias,

nuestras, no desaparezcan nunca más



Este relato lo presenté al certamen "Ellas no fueron contadas" organizado por el Ministerio de las Mujeres, Políticas de Género y Diversidad Sexual de mi país, Argentina. No fui seleccionada, sin embargo agradezco la oportunidad que tuve de escribir sobre esta gran mujer y me dio ánimos para seguir escribiendo historias sobre aquellas personas que, aún, no fueron contadas.